La realidad no es el mundo sino que es lo que creemos que es. La realidad pasa y se transforma al pasar por el filtro de nuestras creencias. Somos lo que creemos que somos. Hace 40 años un hombre llegó a la luna y dejó la primera huella en el satélite. Sin duda fue un pequeño paso para el hombre y quizá haya sido un gran paso para la humanidad. Se puede discutir y polemizar acerca de la importancia histórica de ese hecho. Lo curioso es que también a esta altura del siglo 21 haya quienes discutan la existencia misma de ese hecho. Los conspiranoicos parecen gente bizarra pero en realidad no lo son tanto. Por todos lados pululan creyentes, esa gente que adopta un estilo de vida acorde a su visión particular de la realidad. Gente que se abraza a ideas como si su supervivencia dependiera de que ese paradigma no se hunda: creacionistas, judíos ortodoxos, los Peones Negros del 11M, corredores populares. Porque tambien los populares tenemos nuestro chorpus de creencias inamovibles, necesarias. Un andamiaje ideológico sólido que transforma nuestro hobby de algo banal en un hecho trascendente. Es ese chorpus el que transforma nuestros paseos en entrenamientos, nuestros domingos de carrera en misas cronométricas, nuestros juguetes en maquinarias de precisión imprecindibles para la interpretación del impacto atlético en nuestro desarrollo humano. Estamos atrapados en la telaraña del autoengaño. Necesitamos saber que somos capaces de terminar una marathon en 3:59 en lugar de 4:01, necesitamos saber cuantos kilometros semanales corremos y cuantos acelerones metimos y no nos damos cuenta de que el hombre llegó a la luna, Elvis se murió y nosotros seguimos corriendo porque nos divierte y ese es el barrio en el que conservamos los restos de nuestra infancia. Te juego una carrera hasta el arbol y el último cola de perro…
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